Escucho un nuevo mundo

 

Joe Meek

 

“Imagino, en la casa del silencio,

un patio luminoso […]”.

 

José Gorostiza



304, Holloway Road

Por Alonso Guzmán

 

Tirar las canicas sobre el retrete parece ser un ejercicio riguroso para Joe, quien no deja de tararear (o acaso silbar) “I'm Changing' All Those Changes” de Buddy Holly and The Crickets. Tira las canicas y un micrófono enorme parece que lo mira desde el lavabo y le dice o parece que le dice: “hey, Joe, deberías ponerle el sonido al revés para que parezca un cohete espacial”. “Oh, sí”, piensa Joe en ese rigor de la noche cuando puede hacer una y otra vez las cosas que le gustan. 

 

Aspira, sopla, sorbe, escupe y graba, graba en el 304 de Holloway Road y pude recordar aquellos días en la Royal Air Force y sus horas tras el radar o en el cobertizo de la casa de sus padres en Market Square, en ese sonido único llamado  Gloucestershire. Las noches le gustan a Joe, le gustan porque suena el cálido sonido de la calefacción y las anfetaminas le escarban los oídos como gambusinos ateridos. Y dice Joe que los oídos son el único discurso del mundo y ahí la cinta con eructos, alteraciones, metales y quizá un poco del espacio exterior. “¡Eh, Joe!” le dicen, o parece que le dicen los cables y los cilindros y los overdubs: “El estudio de grabación es un instrumento”. Sí, repite Joe, lo dice alto para que lo escuchen más allá de sus audífonos, más allá de las orejas secas de John Leyton. “¡El estudio es un instrumento, querido!” Lo grita para que Heinz Burt lo escuche y lo ame. 

 

A la vieja señora Shenton, casera de Joe, no le interesa nada de ese extraño y malhumorado inquilino. Acaso que cierre el pico y deje de hacer aquellos ruidos infernales. Para la señora Shenton el estudio de grabación sólo es una pesadilla y ese hombrecito delgado y grosero llamado Joe Meek es un vago.

 

La Ouija que habló de Buddy Holly 

 

No quiero decir nada de Geoff Goddard, nada malo, al menos, porque él fue un buen hombre. Quiero decir, llegó un momento en que cualquiera que soportara el humor de Joe era un buen hombre. Geoff fue como su hermano, pero Meek no sabía muy bien lo que significaba esa palabra. Qué diablos. Sólo quiero decir que con Geoff escribieron buenas canciones, sonidos únicos. No era difícil imaginar a esos dos cerebros a mitad de la noche jugando la Oujia. Tampoco, supongo, es difícil imaginarlos en Union Chapel grabando los sonidos de los muertos. 

 

Una noche llegué con Goddard y Joe estaba aún más alterado que otros días. Apagó la luz y comenzó a reproducir sonidos horrendos desde sus consolas. Qué diablos, yo solo iba para mostrarle una banda nueva. Iba con miedo, porque Joe no solía ser muy amable. Siempre recordaré cómo corrió con las manos en los oídos cuando Epstein le llevó el demo de esos chicos o cuando aquel chico de ojos de distinto color salió huyendo ante una de sus rabietas neuróticas. Bueno, con ese terror aquel día nos sentó frente a él y comenzó a parlotear sobre Buddy Holly, la muerte y la Ouija. Temas de los que siempre hablaba cuando bebía. De pronto comenzó a preguntar fecha y datos a esa maldita tabla y ella se movía por cuenta propia ante los ojos indiferentes de Goddard y mi desconcierto. 

 

Le preguntó sobre Buddy Holly, algo que no era extraño porque siempre en algún rincón de la noche había una canción de Holly en su estudio. Qué diablos. Cuando preguntó cuándo moriría Holly, la condenada tabla le dio una fecha: 3 de febrero de 1959, un año exactamente si tomamos en cuenta que esa noche era el 3 de febrero de 1958. Goddard murmuró: “creo que tienes que decirle a Buddy” y Joe, de un brinco, salió a buscar un teléfono. Tuve que guardar la cinta de The Raiders para otra ocasión. 

 

 

 

Diario de la abducción 

 

Día 234 

No sé muy bien por qué le apunté con la escopeta al cabeza dura de Mitch Michell. No estoy seguro. Quiero pensar que quería sacar lo mejor de él. No hay mejor estímulo que la muerte.

 

Día 245 

Estoy seguro de que Phil Spector me ha robado todas mis ideas. The Tornados ha levantado su envidia. Puedo sentirlo. Decca Records, por otro lado, me espía. Revolví el estudio y me di cuenta que era a través del teléfono por donde escuchaban todo mi trabajo. Los maldigo.   

 

Día 300 

Si mi madre se entera de mis impulsos… Tuve suficiente con aquella multa por rondar los baños. Tengo días así, sólo camino. No quiero que nadie se entere, mucho menos los gemelos Kray, esos malditos pandilleros, si lo saben comenzarán a chantajearme. Me escondo con mis lentes negros y trato de hacerme pequeño, invisible. Si pudiera me iría al espacio, fuera de su vulgar bocaza y sus estúpidas leyes. 

 

Día 301 

Estoy encerrado en el estudio. Llevo días aquí. Por toda la ciudad suena que la policía de Suffolk encontró lo restos de un joven homosexual llamado Bernard Oliver. No soporto la idea de ser interrogado. Estoy seguro que interrogarán a todos los homosexuales de Londres. Ya escucho los pasos de la metropolitana subir por las escaleras y escucho a la maldita señora Shenton señalando mi puerta mientras relincha: “Ahí vive ese marica”. Si mi madre se entera…

 

Día 340

Quiero escaparme. Desaparecer. Imagino que en el espacio, más allá del cielo terrestre, no habrá ningún imbécil como Jean Ledrut ladrado que le robé su insoportable "La Marche d'Austerlitz” para crear “Telstar”. Dormir y de pronto abrir los ojos en alguna estrella cercana, con otras voces, con sonidos de otros mundos y no la torpe partitura de Ledrut.            

 

 Balada de la escopeta 

 

Oh, Príncipe, la tarde se escabullía sobre el lomo del viento y poco o nada decía. Entre las hojas vencidas se podía escuchar un reclamo pequeño y turbio pero poco o nadie lo oía. De pronto, así como surge el relámpago, Violet Shenton, con su colérica magia, desataba una tormenta en el 304 de Holloway Road, su última tormenta, pero no lo sabía. 

 

Príncipe, con tu traje de gala tapizado en el Hades, bien puedes ver el latido de esa voz hiriente bajo la cama. Palpita lenta y precisa la escopeta y fúnebre le susurra a Meek su afrenta: “No te quedes ahí, Joe, querido, quieto ante el látigo que te atormenta”. La noche cae rápida tras un disparo en el rostro y su sangre son cometas. 

 

Príncipe, recoge los restos de Violet Shenton, los trozos de su cráneo agrietado y ponlos en tu caja de laca. Luego, dispón un lugar especial, junto a tu corazón oscuro, para el rostro de Joe átono por el disparo. Ten piedad de él a donde sea que vayan los suicidas. Si es posible, entona un canto celeste para un hombre que le dio sonidos a las estrellas.          

 

 (Torpe homenaje a Joe Meek, nada más alejado de la realidad).

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