Diane Arbus: la fotógrafa de los freaks

 

Por Arlette Peña

 

 

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La fotografía es la expresión artística que más me ha costado digerir, supongo porque es una tendencia actual llena, en muchas ocasiones, de gente pretenciosa (aceptémoslo). Con el tiempo he aprendido a bajar mi guardia y resistencia para tratar de entenderla, interpretarla y aceptar que puede llegar a ser arte.

 

Leer ensayos que Susan Sontag dedicó al tema (Sobre la fotografía, 1977) resultó ser mi gran revelación al respecto: entender la fotografía como un rito social, como un memento mori (recordatorio de muerte, porque alude a objetos o personas que perecieron o están pereciendo), como un anhelo profundo de belleza…

 

Esa última palabra puede dar entrada al tema que abarcaremos hoy. La fotografía (como mucho del arte) se vincula con la belleza, lo que entendemos o concebimos como agradable, pese a que en esencia se refiere a lo estético. Pero el concepto no se reduce a eso, ¿qué hay de lo perturbador, lo terrible, lo deforme? ¿Acaso no es bello? En 1923 nació la artista estadounidense que lo afirmó en la fotografía: Diane Arbus.

 

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Albino Sword Swallower at a carnival, 1970.

 

Descendiente de judíos adinerados que hicieron su fortuna en la industria de la moda, los Nemerov, Diane creció con una vida llena de privilegios económicos y carencias afectivas. Su padre jamás la veía o a sus otros dos hermanos, su madre tampoco les prestaba atención, se dice que Arbus desde temprana edad desarrolló una necesidad desesperada de afecto y una repulsión hacia su familia a la que era incapaz de amar (a excepción de su hermano con quien, cuentan algunos, mantenía una relación incestuosa). Parte de eso justifica el por qué se enamoró perdidamente de Allan Arbus cuando tenía 14 años, un empleado del negocio de su familia con quien se casó al cumplir los 18 de edad, pese a que los Nemerov se opusieron completamente a la unión.

 

Con Allan Arbus su historia con la fotografía inició. Él tomó clases, le regaló a Diane una cámara Graflex, juntos abrieron un estudio fotográfico que destacó en hacer sesiones para Russek’s (la compañía de sus padres), Harper’s Bazaar y Vogue; posteriormente en los 50’s tomó clases con Lisette Model, quien la describió como una mujer que parecía estar a punto de sufrir un colapso, y en 1956 comenzó a trabajar sus propias ideas fotográficas, ajenas al mundo de la alta costura.

 

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Identical twins, 1967.

 

Dicen que las mayores desgracias son las que tienden a inspirar las mejores obras y aplicó en la vida de Diane Arbus. En 1958 se divorció después de su esposo enamorarse de otra mujer y la obra de la estadounidense comenzó a cobrar forma.

 

Hay que decir que Arbus era una mujer sumamente culta. Estudió en las mejores escuelas con los maestros más brillantes de la época y tomó de ellos valiosas lecciones, por ejemplo: cuestionar la moral estadounidense, buscar lo nunca antes visto y demostrar que la fotografía era capaz de desnudar las máscaras humanas.

 

Con esto en mente y con toda su técnica fotográfica perfeccionada, Diane comenzó a tomar capturas en la calle; pero los sujetos en cuestión que eligió retratar salieron por completo de lo convencional: gente deforme, fenómenos de circo, todo lo que en ese momento era definido como freak.

 

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Patriotic young man with a flag, 1967.

 

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Untitled, 1970-1971. 

 

No era un tema nuevo, es cierto. Desde el siglo XIX, cuando se puso en boga el concepto de la belleza grotesca, fotógrafos dedicaron parte de su obra en documentar a este tipo de personas; pero aquí entra lo grandioso de Arbus, que ella no pretendía despertar morbo, más bien tratar a los sujetos con sutileza y en un contexto cotidiano para unir el concepto de la normalidad con el de anormalidad y crear uno totalmente distinto. Como dijo Sontag: “sus fotografías ofrecen la oportunidad de demostrar que el horror de la vida puede afrontarse sin remilgos”.

 

Personas con síndrome de Down, albinos, gemelos, gigantes, todo lo que resulta perturbador para el promedio de la gente ella lo convirtió en su mayor inspiración. Y si no retrataba freaks, se encargaba de que sus tomas estuvieran cargadas de simbolismos y crítica social, ya fuera fotografiando afroamericanos, latinos, prostitutas, travestis o un niño con una granada en la mano.

 

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Child with Toy Hand Grenade in Central Park, 1962.

 

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Young man in curlers, 1966.

 

Arbus se encargó de dar protagonismo a un sector marginado de la sociedad, a esos que son castigados injustamente y no queremos ver, y para conseguir sus tomas viajaba a todos los barrios de Nueva York. Convivía íntimamente con sus fotografiados, en sus palabras: “ellos me hacían sentir una mezcla de vergüenza y veneración”. Por si fuera poco, en los 60’s fotografió también orgías, otras prácticas sexuales, lo freak y lo escandaloso fueron su distintivo, pero ayudaron a que entendiéramos algo: todos somos monstruos.

 

Sus fotografías no son fáciles de observar, quizás por eso resultan tan fascinantes. Por un lado, alimentamos un morbo que desnuda moralismos y puede llenarnos de culpa, pero igualmente experimentamos compasión por lo que vemos. De alguna manera su obra dice más de nosotros que de quienes vemos.

 

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Diane Arbus fue una genio, pero su salud emocional la derrumbó. Sufría de ansiedad, depresión, y en 1971, a los 48 años, la fotógrafa tomó una sobredosis de barbitúricos y cortó sus venas de ambas muñecas. Un año después de su muerte se convirtió en la primera figura de la fotografía en aparecer en la Bienal de Venecia, desde entonces se convirtió en leyenda.

 

La artista vislumbra la vida cotidiana, donde la fealdad es parte de nuestro alrededor y en ella radica la humanidad. Arbus decía que “la belleza misma es una aberración”, tal vez tenga razón.

 

Nos jactamos de ser normales, pero estamos lejos de serlo. Somos extraños, por dentro o por fuera todos somos freaks