La vida sin Schumacher (1939-2020)

 

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Por Alonso Guzmán

Creo que es injusto recordar a Joel Schumacher sólo por su trabajo en la saga de Batman Forever (Schumacher, 1995) y Batman & Robin (1997). El director neoyorquino entregó varias joyas que oscilan entre lo pop y lo social, el entretenimiento y la metáfora de las dinámicas humanas. Una de esas joyas es, sin lugar a dudas (y avaladas por Carlos Boyero [guiño]) 8mm un thriller sobre un tema que estuvo mucho en boga: el cine snuff  (1999).

 

 

 Hablar de un solo Schumacher sería, de nuevo, injusto. Ya otros dirán que el director está lejos de ser un artista y puede serlo o no, lo cierto es que en esa búsqueda de estilo, en esa delicada y siempre complicada línea de lo masivo y lo personal se movió con soltura y aprendió a entretener. Desde St Elmo’s fire (1985), retrato de la transición adolescente a la vida adulta que para muchos resulta ser de culto, quizá por ser parte del Brat Pack (un grupo de actores que actuaron juntos en varias películas adolescentes), hasta la “excesivamente monumental” (dicen algunos) The phantom of the Opera (2004).

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Hoy mismo tenemos que recordar aquel fantástico (yo digo) thriller psicológico y neo noir Falling Down (1993) que retrata la catarsis de un abrumado William “D-Fense” Forets (Michael Douglas) que un día de hartazgo camina por la ciudad disparando y vengándose de esas presiones de lo cotidiano. Para mí es el gran héroe de lo contemporáneo, su lace fatal lo convierte en redención y sacrificio, nunca destruirá el sistema, pero al menos se redimirá como humano en medio de un orden que busca borrarlo para siempre; pero bueno, esa es clavadés mía.        

 

 

Otra película de Shumacher que es necesario recordar ahora en los tiempos deslactosados es The Lost Boys (1987) donde un grupo de vampiros adolescentes autodestructivos y pandilleriles son la pesadilla de una familia. Entre la sorna y el terror este juego vampírico tiene más carga que conocidos vampiros enamorados  de sí mismos. 

 

 

Por último quiero mencionar otra película de este director que marcó a la juventud de mi época: Flatliners (1990) en donde un grupo de médicos le jugaban al vivo y cruzan la línea de la vida, o sea: mueren y reviven. La muerte en su estado más pop; para la época y para nuestro contexto la reflexión de morir y renacer nos intrigó profundamente. Lejos de ser una reflexión profunda de la muerte, la película explora un tema que desde siempre nos ha intrigado como seres humanos: ¿cómo será el otro lado? ¿Existe? Con eso y un poco de tensión se arma un peliculón.   

 

 

 Joel Schumacher no es un director para aquellos que buscan en el cine una experiencia estética, un punto artístico que proponga una narrativa transgresora, no, el de Nueva York es un director que cuenta historias para entretener y en eso fue un maestro. Hoy, en estos momentos de la  vida sin Schumacher muchos ya nos sentimos un poquito desolados. Una parte de los noventa se fueron con él.

Descanse en Paz.

 

joel schumacher dc cab