Diego Armando Maradona: La pelota lo mantenía a Salvo

Por Humberto García Neri

Lo vi una vez. Diego Armando Maradona caminaba torpe con esas rodillas lastimadas de cargar con tanto peso de la historia por la cancha del Estadio Universitario “Alberto ´Chivo´ Córdova”.

Sonreía, eso sí. Sonreía de oreja a oreja como un niño cuando llega al parque. El olor de la hierba, dijo más tarde en la conferencia de prensa, era lo que lo tenía tan contento. Regresar a una cancha, volver a sentir la grama con los pies.

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Mientras había una pelota a la vista, Diego Armando Maradona era hipnótico, un mago. De niño lo veía en la televisión dominar ahora un balón, luego una naranja y hasta un limón con una maestría envidiable. No creo en dioses porque soy ateo, pero si las pelotas tuvieran sentimientos, todas se enamorarían del Diego.

 

No creo en dioses porque soy ateo,

pero si las pelotas tuvieran sentimientos,

todas se enamorarían del Diego.

 

Sin la pelota a la vista El Diez, raudo como un meteorito, descendía al infierno. Una vez recuerdo que le disparaba perdigones a los reporteros apostados fuera de su casa cuando el fisco italiano lo perseguía. En otra departiendo con líderes de izquierda o en el restaurante del famoso Salt Bae disfrutando de un lujurioso corte de carne.

 

Los escándalos del doping. Cocaína, alcohol y hasta efedrina, la misma que en 1994 le costó la expulsión definitiva del mundial. “Es que fue un antigripal”, quiso justificarse, pero las reglas son así y son para todos.

El día que lo vi parecía que le costaba mucho trabajo respirar. Pero con ese nivel de presión todo debe costar trabajo. A Diego Armando Maradona lo quiero recordar así, sonriente, con los tachos desamarrados con un balón en los pies, ese balón que se pegaba a él como un gato que ronronea.

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